NUESTRA HISTORIA.

 

El  30 de noviembre del año 2000  inauguramos nuestra tienda en la Plaza de la Merced 1, en Segovia, rescatando el nombre montón de trigo montón de paja del comercio que en los años 70 fue pionero en la recuperación y comercialización de cerámica tradicional española. montón de trigo montón de paja - plaza de la merced

Plaza de la Merced – montón de trigo montón de paja – 1976.

 

 

En el año 2003 abrimos al público nuestra segunda tienda en Segovia en la calle Juan Bravo 21  dónde nuestra abuela, Felisa Sánchez, había regentado durante más de 50 años la “Librería María” en un edificio del siglo XVII típico de la arquitectura popular segoviana. La primera y segunda planta las dedicamos al comercio y el tercer piso a galería de arte o sala de exposiciones.

A día de hoy detrás de montón de trigo montón de paja trabajamos con ilusión tres hermanos.

calle Juan Bravo 21- montón de trigo montón de paja -shop - 1950 / 2001Calle Juan Bravo 21 – montón de trigo montón de paja – shop – 1890 / 1950

 

abuela / grandmother

Nuestra abuela Felisa Sánchez.

 

 

LA LEYENDA QUE NOS DA NOMBRE.

 

Segovia, como toda Castilla, es fecunda en leyendas.

Una de ellas, que lleva nuestro nombre, es la que vamos a relatar.

En la hoy llamada Plaza de la Merced se ubicó la casa señorial del Conde de Puñoenrostro (Señor de Torredondo), y en su misma propiedad, para expiar su grave pecado de soberbia y avaricia – que más adelante referimos – , fundó el Convento de Nuestra Señora de la Merced que, en el siglo XIX, fue demolido para ordenar el espacio abierto del que ahora se puede disfrutar.
Aquí pues, en este lugar, debemos situar al Conde, su casa y, finalmente, el Convento, relatando a continuación la leyenda propiamente dicha.

“Corrían las primeras centurias del primer milenio y, por tierras de Torredondo a escasas leguas de Segovia, se encontraban las extensas y ricas propiedades del citado Conde, personaje en extremo sórdido, tacaño y codicioso, en las que penosamente trabajaban de sol a sol peones, pelaires y trajinantes haciéndolas fructificar a cambio de ínfimo estipendio.

Al reclamo de tanta riqueza acudían pobres de solemnidad, monjes, peregrinos y mendigos en demanda de limosna o bocado que aliviara la angustia de sus entresijos. En el año en cuestión la cosecha había sido especialmente generosa y, por tanto, el número de pedigüeños era más copioso de lo habitual, ante lo cual el Conde aparecía contrariado en gran medida, pues su condición de buitre avariento no le permitía compartir migajas de sus abundancias con aquellos necesitados.
Día tras día la cosecha era transformada y acumulada, celosamente, en dos grandes montones de trigo y de paja cuyo volumen crecía y crecía hasta que, concluida aquella, la riqueza del avariento gentilhombre se manifestó en todo su explendor.

 

 

En estas alegrías se encontraba el Conde, cuando por allí vino a pasar un pobre vagabundo, viejo y miserable, que viendo cuánto disfrutaba el rico en la contemplación de sus riquezas, no pudo por menos de implorarle algún socorro que aliviara sus pobrezas, a lo que el opulento replicó que, antes de darle cualquier limosna que disminuyera su caudal “…prefería que los montones de su cosecha se convirtieran en tierra”.

Continuó el pobre su penoso camino, contrito y apesadumbrado por el repudio recibido cuando, pasos más adelante, todo el cielo se tornó de súbito en penumbra con gran aparatosidad de truenos, tormentas e inclemencias. En medio de todo ello volvió su vista atrás observando aterrado, con desazón y pánico, como los colosales montones de trigo y de paja se habían transformado en cerros de piedra y pesada arcilla : la cosecha pues, verdaderamente, “…se había convertido en tierra”.

 

 

El Conde a la vista de todo ello, y al instante, con el corazón desolado y contrito, reconoció su grave pecado de soberbia y avaricia, por el que el mismísimo Cristo (en la persona del mendigo…) le había castigado. Hizo votos por repararlo y así, repartiendo sus desmedidas abundancias entre su convecinos, se aplicó cilicios y duras disciplinas con la promesa de fundar el referido Convento.”

Tal fue el origen de esta leyenda. Los dos cerros llamados montón de trigo y motón de paja los podemos contemplar desde entonces en Torredondo, y registran los cronicones del lugar que el buen Conde murió con su pecado expiado, pobre de solemnidad y presenciando desde el balcón de su casona como se concluía el Convento de Ntra. Señora de la Merced, donde por cierto estuvo su sepultura.